Medellín, 19 de Agosto de 2008
Profesor
Dr. Edison Neira Palacio
Decano Facultad de Comunicaciones
Universidad de Antioquia
Apreciado Decano,
En la sesión del día de hoy en la asignatura "Introducción a los Estudios Literarios", el estudiante Edwin Alexander Pedroza Salas, con cédula de ciudadanía Nro. 8.005.368, protagonizó acciones que no solamente alteraron seriamente el desempeño de la clase, sino que además puso en riesgo la integridad física del profesor, al haber sido atacado violentamente, en forma física y verbal. Paso a narrar sintéticamente los sucesos:
La sesión de clase tiene un horario los días martes entre las seis y las nueve de la noche. La sesión del día 19 de agosto era la tercera del semestre y su contenido versaba sobre la raíz rousseaneana del "Werther" de Goethe.
En las dos sesiones anteriores se había expuesto, como suelo hacer, las bases filosófico ilustradas del siglo XVIII para establecer las relaciones, semejanzas y diferencias entre el pensamiento de Voltaire y el de Rousseau. Esta aclaración es sustancial a los sucesos y la conducta violenta del estudiante, pues en esta exposición se establecen las raíces de la tolerancia religiosa y se pone en tela de juicio, a la luz de la razón ilustrada, la autoridad dogmática de la iglesia católica y de cualquier fe religiosa. La discusión ilustrada, traída a la mano con los textos de "La Cartas filosóficas" y el "Poema de la ley natural" de Voltaire y de la "Profesión de fe del vicario Saboyano" de Rousseau, motivó desde las dos primeras secciones un rechazo por parte del estudiante, quien manifestó que se sentía lesionado por su fe católica.
Mi respuesta fue que, en realidad, su disgusto lo debía dirigir contra los padres de la ilustración, Voltaire y Rousseau, y que en la tumba de ellos podía expresar sus críticas. Cualquier intento de aclaración de los fundamentos filosóficos, por mi parte, producía en el estudiante una reacción cada vez más airada. La continua interrupción con sus intervenciones, en el curso de la exposición, fue creando un clima tenso, difícil de sortear con éxito. La primera sesión creó una tensión fuerte, al discutir los valores "extranjeros" que estaba propiciando, frente a los "valores" propios. Llegó a decir que había valores regionales como "el orgullo de ser paisa". Mi único comentario fue que el sentimiento regionalista se lo debíamos al espíritu herderiano -era un sentimiento alentado por el romanticismo alemán- y que en semestres superiores, naturalmente, habría ocasión de hablar de Sarmiento o Borges, e incluso de Fernando González o Gonzalo Arango, pero por el momento el interés era abrir al interés y a la comprensión del panorama histórico universal y de la importancia universal de la experiencia de la literatura alemana de Goethe a Schlegel. Como se puede comprender, era hablar en el vacío: adujo como contrapartida la "verraquera paisa".
En la sesión siguiente los ánimos del estudiante se caldearon. Pero debo decir que de mi parte le había dicho a la entrada de la clase que él tenía derecho a hacer intervenciones, es decir, era una invitación a entablar un diálogo distensionado y amigable. En vano. Cuando mencioné que Voltaire en la "Carta" sobre Locke había mandado de "paseo al alma", protestó furioso; dijo con voz fuerte que "Cristo vive", que el alma es incuestionable y no sé qué cosas más. Se volvió al eterno círculo vicioso de la clase anterior en una intervención que interfiere en la otra. Los estudiantes trataban de calmarlo y esperaban, con ciertos brotes de impaciencia, que se restablecieran las cosas para avanzar en la exposición habitual. Al fin estalló, al momento que aduje que la fuente de verdad era la razón, no la fe revelada, para la Ilustración, y que de la observación de un niño se obtiene un mejor provecho, para comprender la naturaleza humana, que de muchos tratados de teología. Gritó descontroladamente que eso "era mentira", que todo eso era "una sarta de mentiras". Se paró con ademán amenazante, dio un portazo, mientras repetía cada vez más alto que todo eso "eran mentiras". Temí sinceramente que la puerta volviera a funcionar.
No puse la queja formal a la Decanatura, pues consideré que el estudiante tenía la oportunidad de cancelar la materia o que podríamos llegar a un acuerdo, en el lapso de la semana, pues en medio de la clase le había sugerido que habláramos afuera; "la controversia desatada", le dije, "podría arreglarse mejor en la cafetería". Me ofrecí, incluso, extendernos en una larga conversación de carácter informal, cuando conviniera. Pero, ciertamente, al salir de clase a las 9 y 15 de la noche, me cercioré, de ante mano, que no estuviera esperándome en algún corredor.
En la tercera sesión (hoy en la noche), retorné a saludar al estudiante con un gesto de "la pipa de la paz". Hasta me convencí de que podría surtir un efecto positivo una pequeña y ceremoniosa inclinación de cabeza que le hice en son de "bienvenido". Esta vez quien pagó los platos rotos fue el melancólico Rousseau. Sostuve que Rousseau ponía en tela de juicio la autoridad de los textos bíblicos, así como los de las otras religiones reveladas, judía y musulmana. Como la sesión anterior, pero ya fuera de sí, se levantó vociferante y con un gesto que ya no amenaza con sacar de quicio los goznes de la puerta, sino mi mandíbula. En efecto, en forma incontrolada, violenta y peligrosa, se acercó lentamente hacia mí, luego de correr su silla con manifiesto gesto de rabia, pálido. "Me la volaste, esta vez sí me la volaste, malparido": fueron sus palabras textuales. Sus gritos textuales acompañaron a su paso, decidido a pegarme. Se me vino encima y rne lanzó cerca a la cara un golpe. Por fortuna los estudiantes de primera fila reaccionaron a tiempo y contuvieron esta agresión. Entre tanto, yo había dado tres pasos hacia atrás, tratando de guardar suficiente distancia para evitar el segundo ataque. Hubo algún forcejeo, sin embargo, antes de someterse. Luego de este intento de golpearme a la cara, regresó a su puesto para tomar su bolso (y francamente temí que sacara un arma). Mas salió dando gritos, repitiendo mecánicamente: "...me la volaste, malparido, esta vez me la volaste...". Tiró la puerta violentamente, como la semana anterior.
Pensé -en medio de estos acontecimientos insospechados y de contenido agresivo que trascurren como en una atmósfera onírica- que el estudiante, alto y acuerpado, fuera de sí, ponía en riesgo mi integridad física y no me cabía duda de que un golpe de ese furioso me hubiera mandado al hospital. Sufrí algunos instantes una alteración de los nervios, pero me dispuse a continuar la clase con la recomendación de que "siguiéramos como si todo se hubiera tratado de una deplorable escena thriller". Risas y vuelta a Rousseau -Goethe. Como es de imaginar, el resto de la clase se dictó en un clima de incertidumbre y temor del regreso intempestivo del agresor. Igualmente, pero por razones redobladas, al salir de clase a la misma hora después de la nueve, tuve que hacerme acompañar hasta el carro por un estudiante para evitar un encuentro a solas -de consecuencias imprevisibles- con el señor Pedroza Salas.
Señor Decano, basta esta breve descripción de los hechos para deducir que se trata de una conducta, desde cualquier punto que se la mire, inaceptable, repudiable, que atenta contra la libertad de cátedra y que pone en riesgo la integridad y quizá la vida misma del profesor. Esta conducta es un acto de amedrentamiento físico y moral, una violación del derecho constitucional de la libre cátedra, una conducta anti-ética, anti-académica, anti-universitaria. Esta conducta debe ser rechazada en forma taxativa, pronta y sin miramientos. Es un antecedente grave al desempeño de la vida profesoral que viola los fundamentos liberal-ilustrados de nuestra Constitución, y viola el Código de Policía, los fundamentos de la convivencia en la universidad y la libertad de conciencia y de cátedra.
Pido señor decano, llamar al estudiante; solicitarle que cancele inmediatamente la materia y no pise mis clases, aparte de someter estas acciones a la consideración del Tribunal de Asuntos Estudiantiles, para lo cual está facultado. Por mi parte, juzgo que esta conducta da lugar a expulsión inmediata de la Universidad del señor Edwin Alexander Pedroza Salas, sin perjuicio de las acciones policivas que se adelanten.
La Universidad no puede ser refugio y amparo de estudiantes que, en forma violenta y amenazante quieren imponerse; que desean hacer valerse con los puños, los gritos, las groserías, los insultos y las amenazas. La acción disciplinaria debe ser ejemplar. Ningún profesor, ningún estudiante, ningún miembro de la comunidad estudiantil debe ser sometido por el terror, la amenaza física o psicológica. Ningún estudiante está autorizado a enturbiar las clases, perturbar el buen funcionamiento de la docencia por cualquiera razón que aduzca, presuntamente por ser incompatibles con sus convicciones religiosas o ideológicas. Si el estudiante tiene diferencias de criterios, serias diferencias ideológicas con su profesor, tiene mecanismos regulares de discusión y debate, y debe hacerlos valer. Pero considero que no se trata aquí de una disputa de orden filosófico o religioso sino de una conducta violenta que roza el Código Penal.
El profesor universitario encarna una tradición y sirve de cabeza, de puente entre esa tradición cultural -personalmente, prefiero la ilustrada, la romántica y la Revolución francesa y sus consecuencias para nuestro mundo contemporáneo como latinoamericanos- y la actualidad de los estudiantes. Llevó veinte años dictando clases, en diversas universidades nacionales y europeas, y nunca he tenido una situación en que siquiera hubiera tenido una sombra de discordia verbal con un estudiante. Por el contrario, me precio de establecer cordiales relaciones con los estudiantes y algunos de mis viejos estudiantes se cuentan hoy entre mis mejores amigos. La voz y el pensamiento se hicieron para buscar la comprensión y no para maltratarse. Esta conducta genera un maltrato evidente, que toca la raíz de mi dignidad, y la rechazo terminantemente. Este estudiante es una amenaza a la comunidad universitaria, y ella debe proceder a sacarlo. Este estudiante, por sus palabras, por sus acciones, por su gesticulación, es un riesgo a la comunidad universitaria, una amenaza para quienes están a su lado. No considero que esta clase de personas pueda cursar nuestro pregrado de Letras: Filología Hispánica, pues siempre habrá que contar con sus anomalías y sus atropellos.
He tenido en veinte años estudiantes de muy diversa índole. Algunos de ellos son fervientes católicos, otros son protestantes y algunos también miembros de comunidades religiosas católicas, monjas y curas. Nunca he visto que se hayan ofendido por la exposición de los postulados filosóficos de la Ilustración y por la manera en que introduzco, con el inevitable tinte de ironía volteriana que demanda esta exposición, a Voltaire, Rousseau y Lessig. No podemos tolerar, no se puede permitir, que un profesor se vea pisoteado por algún energúmeno. No cabe otra palabra que energúmeno -en las dos acepciones que da nuestro DRAE- a esta conducta. Así como nunca he tenido la más mínima discusión con un estudiante, es también la primera vez que considero que un estudiante es un grave problema y un riesgo; y solicito su expulsión, sin más. Lo solicito encarecidamente como profesor de la materia y como Coordinador del pregrado.
Solicito que se citen los estudiantes para corroborar mis palabras, la descripción de los hechos y las consideraciones pertinentes sobre los mismos. A la salida de clase, algunos estudiantes coincidieron que esto es inaudito y rechazaron abiertamente la conducta del señor Pedroza Salas. Si el estudiante tiene perturbaciones psiquiátricas, médicamente determinadas, no solo es un peligro que debe ser tratado, sino, también es un riesgo, por tratarse de un sujeto violento y sin control.
También considero que, por la naturaleza del acto y el carácter del individuo, mis colegas podrían adelantar una consideración y tomar una decisión, personal o colectiva. No por haber sido dirigida a uno de los profesores, el asunto debe ser tratado como un caso que compete a todos.
No creo haberme extendido más de lo debido, frente a actos de personas que alteran los fundamentos de la universidad y con su violenta actuación niegan las bases de nuestra comunidad universitaria.
En la sesión del día de hoy en la asignatura "Introducción a los Estudios Literarios", el estudiante Edwin Alexander Pedroza Salas, con cédula de ciudadanía Nro. 8.005.368, protagonizó acciones que no solamente alteraron seriamente el desempeño de la clase, sino que además puso en riesgo la integridad física del profesor, al haber sido atacado violentamente, en forma física y verbal. Paso a narrar sintéticamente los sucesos:
La sesión de clase tiene un horario los días martes entre las seis y las nueve de la noche. La sesión del día 19 de agosto era la tercera del semestre y su contenido versaba sobre la raíz rousseaneana del "Werther" de Goethe.
En las dos sesiones anteriores se había expuesto, como suelo hacer, las bases filosófico ilustradas del siglo XVIII para establecer las relaciones, semejanzas y diferencias entre el pensamiento de Voltaire y el de Rousseau. Esta aclaración es sustancial a los sucesos y la conducta violenta del estudiante, pues en esta exposición se establecen las raíces de la tolerancia religiosa y se pone en tela de juicio, a la luz de la razón ilustrada, la autoridad dogmática de la iglesia católica y de cualquier fe religiosa. La discusión ilustrada, traída a la mano con los textos de "La Cartas filosóficas" y el "Poema de la ley natural" de Voltaire y de la "Profesión de fe del vicario Saboyano" de Rousseau, motivó desde las dos primeras secciones un rechazo por parte del estudiante, quien manifestó que se sentía lesionado por su fe católica.
Mi respuesta fue que, en realidad, su disgusto lo debía dirigir contra los padres de la ilustración, Voltaire y Rousseau, y que en la tumba de ellos podía expresar sus críticas. Cualquier intento de aclaración de los fundamentos filosóficos, por mi parte, producía en el estudiante una reacción cada vez más airada. La continua interrupción con sus intervenciones, en el curso de la exposición, fue creando un clima tenso, difícil de sortear con éxito. La primera sesión creó una tensión fuerte, al discutir los valores "extranjeros" que estaba propiciando, frente a los "valores" propios. Llegó a decir que había valores regionales como "el orgullo de ser paisa". Mi único comentario fue que el sentimiento regionalista se lo debíamos al espíritu herderiano -era un sentimiento alentado por el romanticismo alemán- y que en semestres superiores, naturalmente, habría ocasión de hablar de Sarmiento o Borges, e incluso de Fernando González o Gonzalo Arango, pero por el momento el interés era abrir al interés y a la comprensión del panorama histórico universal y de la importancia universal de la experiencia de la literatura alemana de Goethe a Schlegel. Como se puede comprender, era hablar en el vacío: adujo como contrapartida la "verraquera paisa".
En la sesión siguiente los ánimos del estudiante se caldearon. Pero debo decir que de mi parte le había dicho a la entrada de la clase que él tenía derecho a hacer intervenciones, es decir, era una invitación a entablar un diálogo distensionado y amigable. En vano. Cuando mencioné que Voltaire en la "Carta" sobre Locke había mandado de "paseo al alma", protestó furioso; dijo con voz fuerte que "Cristo vive", que el alma es incuestionable y no sé qué cosas más. Se volvió al eterno círculo vicioso de la clase anterior en una intervención que interfiere en la otra. Los estudiantes trataban de calmarlo y esperaban, con ciertos brotes de impaciencia, que se restablecieran las cosas para avanzar en la exposición habitual. Al fin estalló, al momento que aduje que la fuente de verdad era la razón, no la fe revelada, para la Ilustración, y que de la observación de un niño se obtiene un mejor provecho, para comprender la naturaleza humana, que de muchos tratados de teología. Gritó descontroladamente que eso "era mentira", que todo eso era "una sarta de mentiras". Se paró con ademán amenazante, dio un portazo, mientras repetía cada vez más alto que todo eso "eran mentiras". Temí sinceramente que la puerta volviera a funcionar.
No puse la queja formal a la Decanatura, pues consideré que el estudiante tenía la oportunidad de cancelar la materia o que podríamos llegar a un acuerdo, en el lapso de la semana, pues en medio de la clase le había sugerido que habláramos afuera; "la controversia desatada", le dije, "podría arreglarse mejor en la cafetería". Me ofrecí, incluso, extendernos en una larga conversación de carácter informal, cuando conviniera. Pero, ciertamente, al salir de clase a las 9 y 15 de la noche, me cercioré, de ante mano, que no estuviera esperándome en algún corredor.
En la tercera sesión (hoy en la noche), retorné a saludar al estudiante con un gesto de "la pipa de la paz". Hasta me convencí de que podría surtir un efecto positivo una pequeña y ceremoniosa inclinación de cabeza que le hice en son de "bienvenido". Esta vez quien pagó los platos rotos fue el melancólico Rousseau. Sostuve que Rousseau ponía en tela de juicio la autoridad de los textos bíblicos, así como los de las otras religiones reveladas, judía y musulmana. Como la sesión anterior, pero ya fuera de sí, se levantó vociferante y con un gesto que ya no amenaza con sacar de quicio los goznes de la puerta, sino mi mandíbula. En efecto, en forma incontrolada, violenta y peligrosa, se acercó lentamente hacia mí, luego de correr su silla con manifiesto gesto de rabia, pálido. "Me la volaste, esta vez sí me la volaste, malparido": fueron sus palabras textuales. Sus gritos textuales acompañaron a su paso, decidido a pegarme. Se me vino encima y rne lanzó cerca a la cara un golpe. Por fortuna los estudiantes de primera fila reaccionaron a tiempo y contuvieron esta agresión. Entre tanto, yo había dado tres pasos hacia atrás, tratando de guardar suficiente distancia para evitar el segundo ataque. Hubo algún forcejeo, sin embargo, antes de someterse. Luego de este intento de golpearme a la cara, regresó a su puesto para tomar su bolso (y francamente temí que sacara un arma). Mas salió dando gritos, repitiendo mecánicamente: "...me la volaste, malparido, esta vez me la volaste...". Tiró la puerta violentamente, como la semana anterior.
Pensé -en medio de estos acontecimientos insospechados y de contenido agresivo que trascurren como en una atmósfera onírica- que el estudiante, alto y acuerpado, fuera de sí, ponía en riesgo mi integridad física y no me cabía duda de que un golpe de ese furioso me hubiera mandado al hospital. Sufrí algunos instantes una alteración de los nervios, pero me dispuse a continuar la clase con la recomendación de que "siguiéramos como si todo se hubiera tratado de una deplorable escena thriller". Risas y vuelta a Rousseau -Goethe. Como es de imaginar, el resto de la clase se dictó en un clima de incertidumbre y temor del regreso intempestivo del agresor. Igualmente, pero por razones redobladas, al salir de clase a la misma hora después de la nueve, tuve que hacerme acompañar hasta el carro por un estudiante para evitar un encuentro a solas -de consecuencias imprevisibles- con el señor Pedroza Salas.
Señor Decano, basta esta breve descripción de los hechos para deducir que se trata de una conducta, desde cualquier punto que se la mire, inaceptable, repudiable, que atenta contra la libertad de cátedra y que pone en riesgo la integridad y quizá la vida misma del profesor. Esta conducta es un acto de amedrentamiento físico y moral, una violación del derecho constitucional de la libre cátedra, una conducta anti-ética, anti-académica, anti-universitaria. Esta conducta debe ser rechazada en forma taxativa, pronta y sin miramientos. Es un antecedente grave al desempeño de la vida profesoral que viola los fundamentos liberal-ilustrados de nuestra Constitución, y viola el Código de Policía, los fundamentos de la convivencia en la universidad y la libertad de conciencia y de cátedra.
Pido señor decano, llamar al estudiante; solicitarle que cancele inmediatamente la materia y no pise mis clases, aparte de someter estas acciones a la consideración del Tribunal de Asuntos Estudiantiles, para lo cual está facultado. Por mi parte, juzgo que esta conducta da lugar a expulsión inmediata de la Universidad del señor Edwin Alexander Pedroza Salas, sin perjuicio de las acciones policivas que se adelanten.
La Universidad no puede ser refugio y amparo de estudiantes que, en forma violenta y amenazante quieren imponerse; que desean hacer valerse con los puños, los gritos, las groserías, los insultos y las amenazas. La acción disciplinaria debe ser ejemplar. Ningún profesor, ningún estudiante, ningún miembro de la comunidad estudiantil debe ser sometido por el terror, la amenaza física o psicológica. Ningún estudiante está autorizado a enturbiar las clases, perturbar el buen funcionamiento de la docencia por cualquiera razón que aduzca, presuntamente por ser incompatibles con sus convicciones religiosas o ideológicas. Si el estudiante tiene diferencias de criterios, serias diferencias ideológicas con su profesor, tiene mecanismos regulares de discusión y debate, y debe hacerlos valer. Pero considero que no se trata aquí de una disputa de orden filosófico o religioso sino de una conducta violenta que roza el Código Penal.
El profesor universitario encarna una tradición y sirve de cabeza, de puente entre esa tradición cultural -personalmente, prefiero la ilustrada, la romántica y la Revolución francesa y sus consecuencias para nuestro mundo contemporáneo como latinoamericanos- y la actualidad de los estudiantes. Llevó veinte años dictando clases, en diversas universidades nacionales y europeas, y nunca he tenido una situación en que siquiera hubiera tenido una sombra de discordia verbal con un estudiante. Por el contrario, me precio de establecer cordiales relaciones con los estudiantes y algunos de mis viejos estudiantes se cuentan hoy entre mis mejores amigos. La voz y el pensamiento se hicieron para buscar la comprensión y no para maltratarse. Esta conducta genera un maltrato evidente, que toca la raíz de mi dignidad, y la rechazo terminantemente. Este estudiante es una amenaza a la comunidad universitaria, y ella debe proceder a sacarlo. Este estudiante, por sus palabras, por sus acciones, por su gesticulación, es un riesgo a la comunidad universitaria, una amenaza para quienes están a su lado. No considero que esta clase de personas pueda cursar nuestro pregrado de Letras: Filología Hispánica, pues siempre habrá que contar con sus anomalías y sus atropellos.
He tenido en veinte años estudiantes de muy diversa índole. Algunos de ellos son fervientes católicos, otros son protestantes y algunos también miembros de comunidades religiosas católicas, monjas y curas. Nunca he visto que se hayan ofendido por la exposición de los postulados filosóficos de la Ilustración y por la manera en que introduzco, con el inevitable tinte de ironía volteriana que demanda esta exposición, a Voltaire, Rousseau y Lessig. No podemos tolerar, no se puede permitir, que un profesor se vea pisoteado por algún energúmeno. No cabe otra palabra que energúmeno -en las dos acepciones que da nuestro DRAE- a esta conducta. Así como nunca he tenido la más mínima discusión con un estudiante, es también la primera vez que considero que un estudiante es un grave problema y un riesgo; y solicito su expulsión, sin más. Lo solicito encarecidamente como profesor de la materia y como Coordinador del pregrado.
Solicito que se citen los estudiantes para corroborar mis palabras, la descripción de los hechos y las consideraciones pertinentes sobre los mismos. A la salida de clase, algunos estudiantes coincidieron que esto es inaudito y rechazaron abiertamente la conducta del señor Pedroza Salas. Si el estudiante tiene perturbaciones psiquiátricas, médicamente determinadas, no solo es un peligro que debe ser tratado, sino, también es un riesgo, por tratarse de un sujeto violento y sin control.
También considero que, por la naturaleza del acto y el carácter del individuo, mis colegas podrían adelantar una consideración y tomar una decisión, personal o colectiva. No por haber sido dirigida a uno de los profesores, el asunto debe ser tratado como un caso que compete a todos.
No creo haberme extendido más de lo debido, frente a actos de personas que alteran los fundamentos de la universidad y con su violenta actuación niegan las bases de nuestra comunidad universitaria.
Con un saludo cordial,

Dr. Juan Guillermo Gómez García
Coordinador Letras: Filología Hispánica
Copia: Profesor Víctor Villa Mejía
Presidente Asociación de Profesores
Universidad de Antioquia

0 comentarios:
Publicar un comentario